Microrrelatos

ENTRE LOS RECUERDOS microrrelato

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Imagen de Pixabay

La fragancia de las rosas recién cortadas que descansaban en el pequeño jarrón no lograba enmascarar el tenue aroma de la vejez, la muerte y los recuerdos. Catherine había pasado la mayor parte de su vida en aquella habitación e irse ahora, suponía perder una parte de ella misma. Su hija no entendía por qué seguía viviendo allí y después de la visita al doctor insistía en que fuera a vivir con ella y su marido, pues no permitiría que su madre enferma viviera sola. Lo que su hija no sabía es que ella nunca se sentía sola, pues tenía sus recuerdos.

Comenzó a recoger sus efectos personales. Catherine alargó el brazo para coger un pequeño espejo de mano que una vez le había regalado su madre. Al ver su rostro en la superficie se asustó. El tiempo no había sido clemente con ella. Sus cabellos que antes habían sido castaños ahora refulgían blancos como la nieve y sus ojos negros le devolvían una mirada cansada y nostálgica con el brillo de quien había vivido una vida larga y plena. Pero no siempre había sido así, se dijo mientras observaba una pequeña fotografía arrugada donde se podía ver a dos jóvenes cogidos de la mano. De repente su memoria volaba ya muy lejos de la habitación, hacia una época más sencilla, en la que ella era una joven florista en Nueva Orleans.

El sol había teñido de dorado los edificios y viejas casonas que rodeaban la estación ferroviaria. Todos los días Catherine veía pasar a la gente apresurada para ir al trabajo y muy de tanto en tanto, estos le compraban flores para la oficina, para un amigo, para la esposa… o la amante. Suspiró imaginándose sus vidas llenas de anécdotas fascinantes. Ella deseaba viajar, soñar, enamorarse… De pronto vio cómo todos sus anhelos la observaban fijamente a través de un muchacho de ojos verdes. Él era joven, con el perfil de un dios griego y el aura de un poeta francés con los cabellos negros.

—¿Podría darme una rosa?

Su voz era la melodía que le faltaba al corazón de la muchacha. Catherine le dio la rosa más grande, con los pétalos más rojos que las fresas en verano.

—Debe de ser una chica especial…

—Vincent —contestó él.

Hasta su nombre era hermoso.

—Debe de ser una chica especial, Vincent.

—Sin duda, lo es —contestó regalando a la joven, a ella, esa misma rosa acompañada de un dulce beso.

Un beso entre una florista y un joven poeta.

Una lágrima cruzó el rostro de la anciana al recordar la primera vez que se encontró con el amor de su vida, hacía tanto tiempo que se había ido… Dejó las maletas junto a la cama y se durmió plácidamente, regodeándose una vez más en los recuerdos. Las rosas del jarrón se marchitaron al día siguiente, cuando Catherine no volvió a despertar.

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