3º EDICIÓN “La princesa de Iryan” + 1º Capítulo

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Ya ha salido a la venta la nueva edición completamente reescrita de mi primer libro. Un relato juvenil de fantasía al más puro estilo de Willow y La princesa prometida. Por ello os dejo el primer capítulo como regalo. Podéis comprarlo AQUÍ

CAPÍTULO 1

Las hojas caían cómo pequeñas gotas de lluvia y morían en el instante en que tocaban el suelo, el viento traía consigo susurros ininteligibles y la luna llena, brillante, colgaba en un manto de oscuridad mientras una sombra cruzaba el bosque arrastrando las hojas, llevando el miedo tras de sí. La angustiosa melodía del llanto de un bebé era el único sonido además del crujido de las hojas que se alzaba aquella noche sobre las verdes tierras de Iryan. Aquella sombra misteriosa envuelta en una gruesa capa bermellón se paró junto a un roble mirando una última vez a su espalda vigilante de que no la siguieran.
De que ella no la siguiese.
Colocó la palma de la mano sobre la corteza y el roble se abrió a su paso dejando a la vista un largo túnel donde al final del mismo le esperaba uno de sus más fieles consejeros.
—Prometedme que cuidaréis de ella amigo mío como si fuera vuestra propia hija. —Susurró aquella sombra nacida de la nocturna arboleda.
Su voz sonó trémula cuando habló teñida de desesperanza por el destino de aquel bebé que portaba entre sus brazos y que sujetaba con tanta fuerza.
Su bebé. La princesa.
—Descuidad mi reina, ella estará a salvo pero ¿vos que haréis? —Preocupado una segunda voz se alzó desde la oscuridad del túnel.
La reina Areya sabía que debía volver al reino. Al igual que un capitán de barco ella debía de caer si el reino así lo hacía.
—No huiré si es lo que queréis decir pero sé que ya no me queda mucho tiempo por eso te la entrego a ti. —Contestó la reina y mientras se despedía de su pequeña le colocó alrededor de su frágil cuellecito una cadena de oro con una esmeralda en forma de hoja, el símbolo de su amado legado.
Entre lágrimas vio cómo su consejero desaparecía de allí ante sus ojos en un breve pestañeo alejando de ella a su pequeño retoño.
Debía volver. Debía volver a la ciudad aunque sólo quedase de ella las ruinas y la pérdida.

 

El castillo permanecía en silencio pero no en un silencio cualquiera, era el silencio que se escondía tras la sombra de la muerte y la traición. La reina avanzaba lentamente por el pasillo de alfombras rojas mientras divagaba, aún sin dar crédito, cómo había podido llegar a esa situación. Su otra hija estaba enloquecida, ebria de poder y magia oscura. Ebria de odio y de rabia contra todos. Y en especial contra ella y su hermana.
La mujer siguió avanzando hacia la puerta del final del corredor donde sabía que la encontraría. Quizá aún estaba a tiempo de parar la locura que había invadido a la joven Seyle. Quizás…
No, se reprendió la reina pensando para sí misma mientras observaba la puerta de la sala de los espejos. Es tarde para eso.
Abrió la puerta y la oscuridad la embargó dejando a la reina sumida en un profundo cielo sin estrellas, en una oscura profundidad tan basta como la que habitaba en el corazón de su hija primogénita. Cuando las puertas se cerraron detrás de ella con un fuerte chasquido las velas de las numerosas lámparas de araña que colgaban del techo abovedado se encendieron dando paso a un tétrico espectáculo. Miles de ojos vacíos la miraban a través de los espejos de las paredes reflejando la imagen de su esposo asesinado.
Seyle lo había hecho. No le había importado lo más mínimo asesinar a su padre.
Ahorcado en el centro de la sala girando sobre sí mismo y reflejándose en el pulido cristal que lanzaba destellos dorados a causa de las llamas de las velas, estaba el único hombre que la reina Areya había amado. La sangre ya espesa manchaba la soga y la cabeza inerte del monarca, torcida en un ángulo extraño, dejaba ver las marcas moradas de un cuello que antaño tanto le había gustado besar.
Impotente la reina cayó al suelo de rodillas mientras el llanto se quedaba atascado en su garganta llena de joyas. Comprendió con inmensa tristeza que había llegado tarde.
Había llegado tarde…
Una risa estridente resonó por toda la sala, los espejos a su alrededor estallaron produciendo una lluvia de cristales que tintinearon en el suelo como una campana rota y las velas se apagaron sumiendo la estancia en el aroma de la cera derretida.
A tientas, de nuevo en la oscuridad, la reina intentaba llegar hasta su otra hija cuya sombra aun podía distinguirse al final de las escaleras. Se irguió con dificultad presa del pánico y el desconsuelo palpando las paredes hasta que sus manos ensangrentadas y plagadas de cristales dejaron un recorrido de seda roja. De brillante sangre.
De pronto, sin previo aviso, tropezó con lo que supuso que era un escalón y con un ruido sordo su cabeza fue a parar en la alfombra mientras expiraba el último aliento. La corona rodó escaleras abajo sin que su dueña pudiera hacer nada pues en nada se había convertido.
Una última risa se alzó en la oscuridad mientras en alguna otra parte un bebé seguía llorando. La princesa de un trono que esa noche había usurpado la locura.

 

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Finalista VI Concurso Microrrelatos

Adivinad quien ha quedado finalista en el VI Concurso de Microrrelatos de Novelda. El próximo 28 de Octubre se llevará a cabo la lectura de los escritos seleccionados donde leeré mi microrrelato “La aparición”. El acto donde elegirán a los ganadores se llevará a cabo en el centro cultural Gómez Tortosa a las 20:00 horas. ¡Crucemos los dedos!

Y el relato comienza así:

Estaba llena de hiedra, ramas que se elevaban trepando sobre los muros camino hacia ninguna parte varadas en los recovecos profundos de la piedra. Piedra que era capaz de hacer resonar las voces del pasado…

 

ENTRE LOS RECUERDOS microrrelato

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Imagen de Pixabay

La fragancia de las rosas recién cortadas que descansaban en el pequeño jarrón no lograba enmascarar el tenue aroma de la vejez, la muerte y los recuerdos. Catherine había pasado la mayor parte de su vida en aquella habitación e irse ahora, suponía perder una parte de ella misma. Su hija no entendía por qué seguía viviendo allí y después de la visita al doctor insistía en que fuera a vivir con ella y su marido, pues no permitiría que su madre enferma viviera sola. Lo que su hija no sabía es que ella nunca se sentía sola, pues tenía sus recuerdos.

Comenzó a recoger sus efectos personales. Catherine alargó el brazo para coger un pequeño espejo de mano que una vez le había regalado su madre. Al ver su rostro en la superficie se asustó. El tiempo no había sido clemente con ella. Sus cabellos que antes habían sido castaños ahora refulgían blancos como la nieve y sus ojos negros le devolvían una mirada cansada y nostálgica con el brillo de quien había vivido una vida larga y plena. Pero no siempre había sido así, se dijo mientras observaba una pequeña fotografía arrugada donde se podía ver a dos jóvenes cogidos de la mano. De repente su memoria volaba ya muy lejos de la habitación, hacia una época más sencilla, en la que ella era una joven florista en Nueva Orleans.

El sol había teñido de dorado los edificios y viejas casonas que rodeaban la estación ferroviaria. Todos los días Catherine veía pasar a la gente apresurada para ir al trabajo y muy de tanto en tanto, estos le compraban flores para la oficina, para un amigo, para la esposa… o la amante. Suspiró imaginándose sus vidas llenas de anécdotas fascinantes. Ella deseaba viajar, soñar, enamorarse… De pronto vio cómo todos sus anhelos la observaban fijamente a través de un muchacho de ojos verdes. Él era joven, con el perfil de un dios griego y el aura de un poeta francés con los cabellos negros.

—¿Podría darme una rosa?

Su voz era la melodía que le faltaba al corazón de la muchacha. Catherine le dio la rosa más grande, con los pétalos más rojos que las fresas en verano.

—Debe de ser una chica especial…

—Vincent —contestó él.

Hasta su nombre era hermoso.

—Debe de ser una chica especial, Vincent.

—Sin duda, lo es —contestó regalando a la joven, a ella, esa misma rosa acompañada de un dulce beso.

Un beso entre una florista y un joven poeta.

Una lágrima cruzó el rostro de la anciana al recordar la primera vez que se encontró con el amor de su vida, hacía tanto tiempo que se había ido… Dejó las maletas junto a la cama y se durmió plácidamente, regodeándose una vez más en los recuerdos. Las rosas del jarrón se marchitaron al día siguiente, cuando Catherine no volvió a despertar.

DISTANCIA microrrelato

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Imagen de Pixabay

Hay personas en la vida que te dejan huella y qué con el paso del tiempo se olvidan. Sin embargo, existen otro tipo de personas, que sabes que nunca vas a olvidar, por muy lejos que se encuentren. Él era una de esas personas. Alguien que quieres tener en tu vida para siempre y aunque te da miedo admitirlo, es así; no podrías vivir sin su sonrisa, sin sus ojos castaños, sin su bata llena de pintura y sobre todo sin su amor. Es el amor lo que hace que sea tan especial y a la vez su terquedad, sus puyas…

La distancia no cambia eso.
La distancia sólo es una excusa para que dos personas que no están destinadas se separen. Pero si realmente lo quieres, la distancia sólo es un obstáculo en el largo camino que recorreréis juntos. Y yo sabía que él era mi destino, por eso nos cogimos de la mano, dispuestos a caminar.

MARIPOSA DORADA microrrelato

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Imagen de Pixabay

Las horas pasaban lentamente, tan lentamente que parecía permanecer presa de un día eterno. Miré por el grande ventanal, imaginando como sería la vida allá fuera. No sé cuanto tiempo llevaba encerrada en esta torre, lúgubre, que atormentaba mi alma. Casi no entraba luz por los barrotes. Suspiré y me senté en el frío suelo de piedra, mirando la bandeja del desayuno ¿o era la comida? Realmente había perdido la noción del tiempo. Me había visto obligada a comer de las sobras, como si de un animal salvaje me tratase. Aunque por lo que dicen de mí soy peor que eso, soy una soñadora. Y los sueños tenemos que encerrarlos bajo llave para que no puedan nunca ver el sol. Algo llamó mi atención, era un destello dorado, casi invisible, que se acercaba a la ventana. Podía ser una señal, un nuevo destino acercándose a mi vida.
Sonreí ante esa idea.
Era una mariposa de alas doradas. Fui a cogerla y ésta dócilmente se puso en mis manos. Cogí el tarro de cristal que descansaba en una de las estanterías y la atrapé. Era tan hermosa…
De pronto comprendí porque el rey me había encerrado, yo era la mariposa y él quería protegerme. Protegerme de la corte, de su veneno disfrazado en copas de plata. Dejé libre a la mariposa y observé sus alas moverse graciosamente en el aire. Con el silencio del vuelo, se hizo el ruido. Cada vez escuchaba los pasos del rey más y más cerca, hasta que de pronto estuvo delante de mí.
-Sabes que te quiero ¿verdad?-Dijo él.
-Lo sé.

 

LA CANCIÓN OLVIDADA microrrelato

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En una vieja taberna, un joven borracho se puso a cantar. Se decía que era una canción maldita, una leyenda del antiguo mundo, un cuento para asustar a los viajeros. Sin embargo el joven se subió a la mesa aun con la pinta de cerveza en la mano y cantó a pleno pulmón.

Niño no pases,
no puedes entrar,
las brujas acechan en ese umbral.
Niño corre,
corre a tu hogar,
las brujas veo llegar.
Niño ya es tarde, deja de temblar,
las brujas van a cocinar.
Mueven el caldero una y otra vez,
aunque sus melenas no dejan ver.
Niño escucha, no lo repetiré
vuelve a tu hogar de una vez.

Para cuando terminó la canción, un niño entró en la taberna asustado, andrajoso y mal peinado, miró al borracho a los ojos y le dio las gracias. Nadie más lo vio, sólo el joven que cantaba, reconociéndose a sí mismo cuando era niño y había osado adentrarse en el bosque a la hora de las brujas, para años más tarde componer una canción que se convertiría en advertencia.

EL FIN DE LA VIDA microrrelato

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Él. Sólo, amargado, hastiado y bebiendo hasta el amanecer. ¿Cómo podíamos llegar a ese extremo? ¿Porque la rutina nos castigaba con su inflexible vara? El solitario muchacho solo quería ser feliz y parecía que el mundo de los hombres estuviera creado de ironía, pues ser feliz ahora era un lujo escaso en aquellos tiempos. Los pobres, como él, solo podían aspirar a una vida de máquina, reproduciendo una y otra vez la rutina mas hilarante. ¿Dónde quedan las batallas de caballeros? ¿Dónde quedan las criaturas mágicas? ¿acaso todo era mentira? Se negaba en rotundo a creerlo, si no creían en la magia, si no soñaban ¿Qué eran? ¿Sólo cuerpo? ¿sólo huesos?

No podía haber un mundo así.

Si lo había… pensó el hombre… matádme ya, porque la vida sin sueño es la muerte del corazón, la muerte del alma y el fin de la vida.