Microrrelatos

ENTRE LOS RECUERDOS microrrelato

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La fragancia de las rosas recién cortadas que descansaban en el pequeño jarrón no lograba enmascarar el tenue aroma de la vejez, la muerte y los recuerdos. Catherine había pasado la mayor parte de su vida en aquella habitación e irse ahora, suponía perder una parte de ella misma. Su hija no entendía por qué seguía viviendo allí y después de la visita al doctor insistía en que fuera a vivir con ella y su marido, pues no permitiría que su madre enferma viviera sola. Lo que su hija no sabía es que ella nunca se sentía sola, pues tenía sus recuerdos.

Comenzó a recoger sus efectos personales. Catherine alargó el brazo para coger un pequeño espejo de mano que una vez le había regalado su madre. Al ver su rostro en la superficie se asustó. El tiempo no había sido clemente con ella. Sus cabellos que antes habían sido castaños ahora refulgían blancos como la nieve y sus ojos negros le devolvían una mirada cansada y nostálgica con el brillo de quien había vivido una vida larga y plena. Pero no siempre había sido así, se dijo mientras observaba una pequeña fotografía arrugada donde se podía ver a dos jóvenes cogidos de la mano. De repente su memoria volaba ya muy lejos de la habitación, hacia una época más sencilla, en la que ella era una joven florista en Nueva Orleans.

El sol había teñido de dorado los edificios y viejas casonas que rodeaban la estación ferroviaria. Todos los días Catherine veía pasar a la gente apresurada para ir al trabajo y muy de tanto en tanto, estos le compraban flores para la oficina, para un amigo, para la esposa… o la amante. Suspiró imaginándose sus vidas llenas de anécdotas fascinantes. Ella deseaba viajar, soñar, enamorarse… De pronto vio cómo todos sus anhelos la observaban fijamente a través de un muchacho de ojos verdes. Él era joven, con el perfil de un dios griego y el aura de un poeta francés con los cabellos negros.

—¿Podría darme una rosa?

Su voz era la melodía que le faltaba al corazón de la muchacha. Catherine le dio la rosa más grande, con los pétalos más rojos que las fresas en verano.

—Debe de ser una chica especial…

—Vincent —contestó él.

Hasta su nombre era hermoso.

—Debe de ser una chica especial, Vincent.

—Sin duda, lo es —contestó regalando a la joven, a ella, esa misma rosa acompañada de un dulce beso.

Un beso entre una florista y un joven poeta.

Una lágrima cruzó el rostro de la anciana al recordar la primera vez que se encontró con el amor de su vida, hacía tanto tiempo que se había ido… Dejó las maletas junto a la cama y se durmió plácidamente, regodeándose una vez más en los recuerdos. Las rosas del jarrón se marchitaron al día siguiente, cuando Catherine no volvió a despertar.

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DISTANCIA microrrelato

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Hay personas en la vida que te dejan huella y qué con el paso del tiempo se olvidan. Sin embargo, existen otro tipo de personas, que sabes que nunca vas a olvidar, por muy lejos que se encuentren. Él era una de esas personas. Alguien que quieres tener en tu vida para siempre y aunque te da miedo admitirlo, es así; no podrías vivir sin su sonrisa, sin sus ojos castaños, sin su bata llena de pintura y sobre todo sin su amor. Es el amor lo que hace que sea tan especial y a la vez su terquedad, sus puyas…

La distancia no cambia eso.
La distancia sólo es una excusa para que dos personas que no están destinadas se separen. Pero si realmente lo quieres, la distancia sólo es un obstáculo en el largo camino que recorreréis juntos. Y yo sabía que él era mi destino, por eso nos cogimos de la mano, dispuestos a caminar.

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MARIPOSA DORADA microrrelato

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Las horas pasaban lentamente, tan lentamente que parecía permanecer presa de un día eterno. Miré por el grande ventanal, imaginando como sería la vida allá fuera. No sé cuanto tiempo llevaba encerrada en esta torre, lúgubre, que atormentaba mi alma. Casi no entraba luz por los barrotes. Suspiré y me senté en el frío suelo de piedra, mirando la bandeja del desayuno ¿o era la comida? Realmente había perdido la noción del tiempo. Me había visto obligada a comer de las sobras, como si de un animal salvaje me tratase. Aunque por lo que dicen de mí soy peor que eso, soy una soñadora. Y los sueños tenemos que encerrarlos bajo llave para que no puedan nunca ver el sol. Algo llamó mi atención, era un destello dorado, casi invisible, que se acercaba a la ventana. Podía ser una señal, un nuevo destino acercándose a mi vida.
Sonreí ante esa idea.
Era una mariposa de alas doradas. Fui a cogerla y ésta dócilmente se puso en mis manos. Cogí el tarro de cristal que descansaba en una de las estanterías y la atrapé. Era tan hermosa…
De pronto comprendí porque el rey me había encerrado, yo era la mariposa y él quería protegerme. Protegerme de la corte, de su veneno disfrazado en copas de plata. Dejé libre a la mariposa y observé sus alas moverse graciosamente en el aire. Con el silencio del vuelo, se hizo el ruido. Cada vez escuchaba los pasos del rey más y más cerca, hasta que de pronto estuvo delante de mí.
-Sabes que te quiero ¿verdad?-Dijo él.
-Lo sé.

 

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LA CANCIÓN OLVIDADA microrrelato

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En una vieja taberna, un joven borracho se puso a cantar. Se decía que era una canción maldita, una leyenda del antiguo mundo, un cuento para asustar a los viajeros. Sin embargo el joven se subió a la mesa aun con la pinta de cerveza en la mano y cantó a pleno pulmón.

Niño no pases,
no puedes entrar,
las brujas acechan en ese umbral.
Niño corre,
corre a tu hogar,
las brujas veo llegar.
Niño ya es tarde, deja de temblar,
las brujas van a cocinar.
Mueven el caldero una y otra vez,
aunque sus melenas no dejan ver.
Niño escucha, no lo repetiré
vuelve a tu hogar de una vez.

Para cuando terminó la canción, un niño entró en la taberna asustado, andrajoso y mal peinado, miró al borracho a los ojos y le dio las gracias. Nadie más lo vio, sólo el joven que cantaba, reconociéndose a sí mismo cuando era niño y había osado adentrarse en el bosque a la hora de las brujas, para años más tarde componer una canción que se convertiría en advertencia.

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EL FIN DE LA VIDA microrrelato

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Él. Sólo, amargado, hastiado y bebiendo hasta el amanecer. ¿Cómo podíamos llegar a ese extremo? ¿Porque la rutina nos castigaba con su inflexible vara? El solitario muchacho solo quería ser feliz y parecía que el mundo de los hombres estuviera creado de ironía, pues ser feliz ahora era un lujo escaso en aquellos tiempos. Los pobres, como él, solo podían aspirar a una vida de máquina, reproduciendo una y otra vez la rutina mas hilarante. ¿Dónde quedan las batallas de caballeros? ¿Dónde quedan las criaturas mágicas? ¿acaso todo era mentira? Se negaba en rotundo a creerlo, si no creían en la magia, si no soñaban ¿Qué eran? ¿Sólo cuerpo? ¿sólo huesos?

No podía haber un mundo así.

Si lo había… pensó el hombre… matádme ya, porque la vida sin sueño es la muerte del corazón, la muerte del alma y el fin de la vida.

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SIRENAS microrrelato

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El apuesto marinero alzo la vista hacia el cielo despejado, viendo a su vez el vuelo de una gaviota a lo lejos. Se había embarcado en la Tripulación Errante con la esperanza de volver a ver a la chica de sus sueños, quien había apodado como Lady Marina, pues no sabía su verdadero nombre. Cada noche desde que naufragó en la playa, soñaba con ella. Las ondas de su vestido se asemejaban a las olas del mar y aparecía siempre en el mismo lugar, tumbada sobre un bote de madera. Ansiaba desesperadamente llegar hasta ella, saber que hermosa criatura era aquella joven, que le tenía hechizado. Suspiró y dejó sus pensamientos volar con la brisa para acudir al rescate del capitán, quien se vio abrumado ante la visión que se hallaba delante de ellos. Miles de fragmentos de barcos hundidos llegaban a la superficie del agua, cubriéndolo todo a su paso. El marinero quedó horrorizado ante aquella visión y antes de que pudiera hacer nada, el barco chocó con los cañones de un navío que permanecía en aquel cementerio de velas y vigias. El agua comenzó a cubrir la cubierta y vieron con desesperación como se hundían ellos también en la marea. El apuesto marinero intentó en vano agarrarse al palo de mesana cuando vio que el agua le llegaba hasta el cuello.
De pronto algo captó su atención.
Una joven a bordo de un bote se acercaba a la Tripulación Errante. Era ella, la joven con la que había estado soñando desde que naufragara en aquella solitaria playa. El joven se soltó del palo de mesana y nadó con todas sus fuerzas, en un intento de reunirse con ella. Una vez que llegó hasta ella, cansado de la carrera y abrumado por la situación que acababa de vivir, le tendió la mano, en una súplica de ayuda. Sin embargo cuando la joven, apodada Lady Marina, le cogió, no subió al marinero junto a ella, si no que saltó junto a él para arrastrarlo a las profundidades del océano. Porque eso era lo que hacían las sirenas, presagiar la muerte a los condenados marineros.

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LAS LUCES DEL TIOVIVO microrrelato

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Esperaba mi turno en el brillante tiovivo con los brazos cruzados y el ceño fruncido. No entendía porque Giselle estaba tan empeñada en subir en aquel trasto que traqueteaba en cada giro, provocando un ruido estridente y continuado que no hacía más que avivar mi irritación.
El caballo de madera multicolor me miraba fijamente con sus ojos tallados llenos de humedad, como si estuviera vivo e implorara la libertad que le habían arrebatado estando cautivo del luminoso carrusel. Aparté de allí la mirada, esquivando mi propia tristeza reflejada en aquel trozo de madera con forma de animal. Mi amiga me dio un codazo, señalando a su vez el puesto de algodón de azúcar, donde un anciano giraba y giraba sus sueños, convirtiéndolos en una brillante nube rosa que se desvanecía en los labios de un niño como un suspiro.
El ambiente estaba impregnado del olor al caramelo amargo y el sabor salado del mar. De niña, la feria del puerto constituía un mágico mundo de luces y seres de fantasía; ahora, las luces se habían convertido en sombras, y los seres que antes tanto me fascinaban, se habían transformado en meras estatuas petrificadas en el recuerdo.
Llego la hora.
Giselle me cogió de la mano y ambas nos colocamos, una al lado de la otra, en distintos caballos descoloridos. Durante todo el trayecto, no me soltó la mano ni por un segundo y por un instante sentí que volvía atrás en el tiempo con cada nota de música que salía de aquella pequeña atracción. Volví a ver a mi abuela, volví a ver a aquel niño del que estuve enamorada, volví a vivir mi primer beso… y todo se esfumó como en un cuento de hadas al dar la duodécima campanada.
Una vez en tierra, sin haber dado siquiera un paso, Giselle me miró con lágrimas en los ojos. Entonces fue cuando comprendí porqué había estado tan empeñada en montar en el destartalado carrusel. Las luces de la feria nos habían devuelto por un instante, los momentos felices de aquella ingenua inocencia.