Microrrelatos

EL FIN DE LA VIDA microrrelato

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Él. Sólo, amargado, hastiado y bebiendo hasta el amanecer. ¿Cómo podíamos llegar a ese extremo? ¿Porque la rutina nos castigaba con su inflexible vara? El solitario muchacho solo quería ser feliz y parecía que el mundo de los hombres estuviera creado de ironía, pues ser feliz ahora era un lujo escaso en aquellos tiempos. Los pobres, como él, solo podían aspirar a una vida de máquina, reproduciendo una y otra vez la rutina mas hilarante. ¿Dónde quedan las batallas de caballeros? ¿Dónde quedan las criaturas mágicas? ¿acaso todo era mentira? Se negaba en rotundo a creerlo, si no creían en la magia, si no soñaban ¿Qué eran? ¿Sólo cuerpo? ¿sólo huesos?

No podía haber un mundo así.

Si lo había… pensó el hombre… matádme ya, porque la vida sin sueño es la muerte del corazón, la muerte del alma y el fin de la vida.

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SIRENAS microrrelato

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El apuesto marinero alzo la vista hacia el cielo despejado, viendo a su vez el vuelo de una gaviota a lo lejos. Se había embarcado en la Tripulación Errante con la esperanza de volver a ver a la chica de sus sueños, quien había apodado como Lady Marina, pues no sabía su verdadero nombre. Cada noche desde que naufragó en la playa, soñaba con ella. Las ondas de su vestido se asemejaban a las olas del mar y aparecía siempre en el mismo lugar, tumbada sobre un bote de madera. Ansiaba desesperadamente llegar hasta ella, saber que hermosa criatura era aquella joven, que le tenía hechizado. Suspiró y dejó sus pensamientos volar con la brisa para acudir al rescate del capitán, quien se vio abrumado ante la visión que se hallaba delante de ellos. Miles de fragmentos de barcos hundidos llegaban a la superficie del agua, cubriéndolo todo a su paso. El marinero quedó horrorizado ante aquella visión y antes de que pudiera hacer nada, el barco chocó con los cañones de un navío que permanecía en aquel cementerio de velas y vigias. El agua comenzó a cubrir la cubierta y vieron con desesperación como se hundían ellos también en la marea. El apuesto marinero intentó en vano agarrarse al palo de mesana cuando vio que el agua le llegaba hasta el cuello.
De pronto algo captó su atención.
Una joven a bordo de un bote se acercaba a la Tripulación Errante. Era ella, la joven con la que había estado soñando desde que naufragara en aquella solitaria playa. El joven se soltó del palo de mesana y nadó con todas sus fuerzas, en un intento de reunirse con ella. Una vez que llegó hasta ella, cansado de la carrera y abrumado por la situación que acababa de vivir, le tendió la mano, en una súplica de ayuda. Sin embargo cuando la joven, apodada Lady Marina, le cogió, no subió al marinero junto a ella, si no que saltó junto a él para arrastrarlo a las profundidades del océano. Porque eso era lo que hacían las sirenas, presagiar la muerte a los condenados marineros.

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LAS LUCES DEL TIOVIVO microrrelato

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Esperaba mi turno en el brillante tiovivo con los brazos cruzados y el ceño fruncido. No entendía porque Giselle estaba tan empeñada en subir en aquel trasto que traqueteaba en cada giro, provocando un ruido estridente y continuado que no hacía más que avivar mi irritación.
El caballo de madera multicolor me miraba fijamente con sus ojos tallados llenos de humedad, como si estuviera vivo e implorara la libertad que le habían arrebatado estando cautivo del luminoso carrusel. Aparté de allí la mirada, esquivando mi propia tristeza reflejada en aquel trozo de madera con forma de animal. Mi amiga me dio un codazo, señalando a su vez el puesto de algodón de azúcar, donde un anciano giraba y giraba sus sueños, convirtiéndolos en una brillante nube rosa que se desvanecía en los labios de un niño como un suspiro.
El ambiente estaba impregnado del olor al caramelo amargo y el sabor salado del mar. De niña, la feria del puerto constituía un mágico mundo de luces y seres de fantasía; ahora, las luces se habían convertido en sombras, y los seres que antes tanto me fascinaban, se habían transformado en meras estatuas petrificadas en el recuerdo.
Llego la hora.
Giselle me cogió de la mano y ambas nos colocamos, una al lado de la otra, en distintos caballos descoloridos. Durante todo el trayecto, no me soltó la mano ni por un segundo y por un instante sentí que volvía atrás en el tiempo con cada nota de música que salía de aquella pequeña atracción. Volví a ver a mi abuela, volví a ver a aquel niño del que estuve enamorada, volví a vivir mi primer beso… y todo se esfumó como en un cuento de hadas al dar la duodécima campanada.
Una vez en tierra, sin haber dado siquiera un paso, Giselle me miró con lágrimas en los ojos. Entonces fue cuando comprendí porqué había estado tan empeñada en montar en el destartalado carrusel. Las luces de la feria nos habían devuelto por un instante, los momentos felices de aquella ingenua inocencia.

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GIRASOL AMARILLO microrrelato

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El señor Philip Piper se encontraba limpiando el garaje como cada domingo cuando le dieron la noticia: su padre se estaba muriendo. Apresurado y sin tan siquiera pensar cogió la vieja bici de su hijo, que antes le había pertenecido a él y antes de eso, a su padre. Sin embargo, cuando la apartó de la pared, vio algo en lo que no había reparado antes… la semilla de una pipa.

Nostálgico, como ya estaba, recordó los días en los que su padre y él plantaban girasoles en su mismo jardín.Recordó aquello con cariño y sonrió por un segundo, antes de darse cuenta de que tenía poco tiempo.
Se montó en la bici, se ajustó sus antiguas gafas y pedaleó, tan fuerte y tan rápido, como cuando era un adolescente enamorado que ansiaba llegar al porche de su chica para el soñado beso. Una vez ya en el hospital, le enseñó a su padre la pipa, quien sonrió como hacía antes, despidiéndose así de los viejos recuerdos. Mientras el señor Philip Piper le daba un último y cálido beso en la frente, una idea surgió en su mente. De vuelta a casa, paró su bici junto a una floristería, vació sus bolsillos llenos de monedas y cogió un macetero con un pequeño girasol amarillo. Lo plantó en su jardín, a la vista de su hijo y cuando el sol hizo que alzara sus pétalos dorados, el señor Philip Piper se abrazó a él, saboreando las pipas tostadas, los recuerdos de niñez y los besos ya dados, a la luz de los girasoles.