PRÓLOGO “HIJA DE REYES”

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Bajo la oscilante luz de un crepúsculo eterno, bajo la bóveda de un cielo siempre vivo dónde las estrellas nacen y mueren en silencio, se encuentra el País de Aravelia. Un reino aunado por la mirada de las divinidades y de las musas de los Antiguos Tiempos, aquellas que con sus voces ensalzaban al son del viento los encantos de este bucólico paraje de tierras exóticas, mágicas y hermosas desde sus altos templos de columnas doradas allá en el reino de los cielos . Sin embargo, no siempre la belleza de estas tierras había permanecido intacta, pues la llamada Guerra Roja había rasgado el País de Aravelia, sumiéndolo en la oscuridad de un corazón roto, en la melancolía de una mirada desconfiada y en la destrucción de una Reina sin corona.

Bajo los estandartes de corazones carmesíes la ilegítima Reina Irina había usurpado la capital de Aravelia, la Ciudad Blanca, arrebatando del trono a su media hermana Miranda de Brishot después de que el padre, del que ambas compartían lazos de sangre, fuera vilmente envenenado con los mortíferos pétalos violáceos de la belladona. Aquellos días se recordaban por los Aravelienses con tristeza, pues cuando pensaban en la llegada al poder de la Reina de Corazones (apodada así por el corazón del padre que orgullosa había guardado en un cofre a los pies de su trono) otra imagen se formaba en sus memorias: la mirada vacía de la idolatrada princesa Miranda después de que su cuello fuera degollado por el filo plateado de la guillotina en la plaza de los rosales. Transformando en el acto aquel jardín de maravillosas flores de pétalos blancos como el plumaje de un cisne a los pétalos más rojos que pudiera imaginarse.

Por suerte para todos ellos, el consejero del envenenado Rey Jacobo, el zorro de pelaje cobrizo, el Señor Tydwill, encargado de la maquinaria del reloj de la gran torre, había buscado, mientras huía de Irina y de sus súbditos feéricos, por entre todas las madrigueras hechizadas a alguien que acudiera en su auxilio.

Alyssa Legrand había sido arrastrada desde el patio de su pintoresca casa en las costas francesas mediante una madriguera abierta por el mágico reloj de bolsillo que el señor Tydwill guardaba con celo hasta el País de Aravelia. Junto al coraje de su corazón puro ni siquiera la Reina de Corazones fue capaz de detenerla. En compañía de sus amigos de viaje: el zorro cobrizo, el apuesto librero Dorian y el Caballero Loco, a quienes había conocido durante su periplo; la joven Alyssa había logrado entrar en el castillo blanco y robar la daga del primer hombre, aquella destinada a clavarse en el corazón de Irina. Sin embargo, Alyssa, conocida durante su aventura por la bondad que en ella albergaba había decidido desterrar a la Reina de Corazones, apresándola allí donde la brisa marina perdía el lamento de los condenados, la Galera del Viento, una prisión de paredes rocosas situada en la Isla de la Eternidad, el hogar donde la magia más primigenia cohabitaba entre los Reinos.

Aquella recóndita isla poseía la cascada de la eterna juventud, descrita por los eruditos como un pequeño paraíso terrenal. Numerosos príncipes, caballeros y piratas habían enloquecido en su búsqueda; Y es que ésta no era de fácil acceso pues estaba oculta tras la hondonada de las hadas, protegida por sus pequeñas y aladas criaturas que de aspecto frágil engañaban a primera vista pues podían llegar a convertirse en las más temibles criaturas conocidas.

De nuevo las tierras de Aravelia permanecían más bellas que nunca y toda su geografía exaltaba la hermosura que había perdido una vez en la guerra, excepto, tal vez, por una ciudad. En el norte cerca de la frontera con las tierras heladas de Erlaria, se alzaba la Ciudad del Cuervo, conocida por haber sido el dominio de la Reina Oscura, Katrina, y por haber sido el hogar de la princesa Blanche, llamada así debido a que su nacimiento tuvo lugar en el día más blanco del invierno donde la fría nieve cubría incluso las delicadas sábanas de escarcha.

En los Antiguos Tiempos era famosa por sus exuberantes manzanos y por la más deliciosa sidra que se podía catar en los banquetes reales. En lugar de todo ese pintoresco paisaje, después de la Guerra Roja, sólo era un páramo infértil lleno de ceniza donde el polvo ennegrecía incluso las nubes más pálidas. Rodeando la ciudad extendiéndose por casi toda la tierra se encontraba el Bosque Frondoso, hogar de la Compañía de los Hombres Libres, una troupe de forajidos y proscritos que luchaban por los olvidados del Reino liderados por el intrépido Richard Hollygrant, un hombre que si lo que cantaban los juglares de la corte y los bardos era cierto, había sido, hacía mucho, un príncipe desterrado.

Siguiendo el sendero hacia el Oeste, la imponente Ciudad del Dragón, donde se entrenaban a todos los soldados de Aravelia. Famosa por las leyendas acerca de sus caballeros de la mesa de plata y por la enigmática figura de su Rey, el rey Draco Pentrose, homenajeando en su nombre a su ciudad y al blasón de su bandera: Un dragón dorado sobre un fondo de vivo escarlata. Ésta se conocía también por ser la primera ciudad del País de Aravelia en poseer el mayor mercado de esoterismo, religión y brujería. En sus pintorescos puestos, podías toparte tanto con talismanes que alejaban la mala fortuna como alas y plumas de grifo pasando por los típicos ojos de tritones y tarros de polvo de hadas. En cambio, también era famoso por su no tan legal mercado negro, donde los hechiceros y errantes chamanes provenientes de las cálidas tierras de Suranta ofrecían opiáceos realizados a partir de las relucientes escamas de las orugas azules.

Un poco de oruga azul mezclado con el té o el vino y te avivaba unas alucinaciones coloridas repletas de árboles cantores, gatos violetas de sonrisas siniestras provocando además la alteración de la percepción, haciendo que los soldados perdieran su figura para pasar a ser planos y extraños como una vulgar baraja de cartas del tarot. Ni el más gigantón de los hombres podía permanecer impune a sus efectos.

La oruga azul fue la droga causante de la locura del Caballero Loco, aquel que con artimañas ayudó a una joven muchacha a detener la Guerra. Después de ser coronada reina por votación de un consejo de nobles, la salvadora Alyssa Legrand tuvo que enviar al Caballero Loco, cuyo verdadero nombre era Calaghil Ojo de Halcón, junto a las Hermanas Solitarias, una orden de mujeres dispuestas a realizar el bien. Eran tanto enfermeras, como institutrices y nodrizas. Aquellas mujeres poseían la mayor biblioteca conocida repleta de pergaminos antiguos, donada en parte por la duquesa Violet de Beumont, quienes las malas lenguas como su antiguo librero personal Dorian (y rey en funciones) decían que se había casado con una bestia. El hogar de estas mujeres, La Fortaleza Solitaria, se hallaba amurallado y cercano al lago de Cristal.

No había mucho que decir del Lago de Cristal salvo que era la morada de Brunilda y que se creía que su agua tenía poderes curativos. También, que podías pedirle tres deseos a dicha dama si ésta te creía merecedor de ello habiendo resuelto antes un viejo acertijo como si de una esfinge del Antiguo Mundo de las musas se tratase.

Al sur del País de Aravelia se erguía la Ciudad de Jade, en el interior de los Dominios de Elinor, de donde habían salido los mejores músicos y bailarines. En sus fronteras, se escondían las Cuevas del Destino, repletas de estalactitas, que según el hechicero consorte del Rey Draco, Merlion, tenía poderes adivinatorios.

Y por último, al este de la capital, la Ciudad Blanca, se encontraba las montañas de las Musas, deidades a las que las amables gentes veneraban; Próximas a ellas quedaba La Bahía del Tuerto, plagada de tabernas como la vieja Gruta de Cora y gobernada por los más rufianes piratas.

Pero volviendo a Alyssa y la Guerra Roja que marcó un antes y un después en todos esos lugares, habían pasado poco más de ocho meses desde entonces. Ahora, la bella muchacha miraba a través de las sedosas y transparentes cortinas del castillo, la ciudad a sus pies. Su ciudad, incapaz todavía de creerlo. El contacto de la tela le recordó al agua fluyendo de un manantial y apartó sus dedos rápidamente pues estaba fría como un témpano. Abajo, en el patio de los rosales volvía a lucir el color blanco, estaba nevando y a vista de la joven e inexperta reina, todo parecía cubierto de un ligero velo de diamante.

Era tan hermoso…

De pronto notó una patadita y se llevó las manos a su vientre, allí donde su futura hija le había tocado, soltando un pequeño quejido. Acto seguido, el Rey Dorian II se despertó de su butaca, donde había permanecido en estado de alerta durante la noche junto a la cama de su joven esposa. Aunque ya de madrugada, no había podido escapar de los brazos de Morfeo, el señor de los sueños.

El joven rey Dorian II de veintiún años, se había enamorado perdidamente de Alyssa durante la cruenta Guerra Roja. Por ello, secretamente y avergonzado, Dorian Vipond, antiguo librero y compañero de Alyssa en su aventura se sentía agradecido a Irina de Brishot, la Reina de Corazones, por su subida al trono y el despotismo que hizo que el zorro Señor Tydwill encontrara a quien desde entonces había considerado su reina y su único amor.

La mano del rey acarició el vientre abultado de la joven.

—Alyssa, vuelve a acostarte.—Dijo éste.—No es bueno que te quedes tanto rato junto a la ventana y menos con este imprevisible tiempo.

Dicho esto, afuera comenzó a lloviznar y con cada gota de agua que alcanzaba el suelo, la dulce reina soltaba un alarido de dolor.

La joven vio como Dorian se llevaba las manos a la cabeza y se precipitaba hacia el pasillo de largas alfombras en busca de la comadrona y su corte de doncellas. Una vez fuera de la habitación, la temerosa muchacha se reclinó con dificultad en la cama adosada con florales motivos dorados. La luz y el sonido que acompañó al relámpago que cruzó el cielo fuera de los muros, le hizo estremecer. Parecía que los dioses de aquel mundo que aún trataba de comprender, estaban furiosos.

En esos instantes pensó en su madre Alanna y en su gatita de manchas moteadas a quienes había dejado atrás. En esos momentos de incertidumbre, como en casi todos los días que había pasado en Aravelia, las echaba de menos y rezaba con todas sus fuerzas para que no se olvidaran de ella. Aunque sabía que lo mejor era que lo hicieran. Pues en aquellas tierras era una reina, había encontrado el amor y no pensaba volver atrás. No pensaba volver jamás.
Un segundo relámpago tronó con su voz ronca y ella se dobló sobre si misma cuando el bebé se agitó en sus entrañas. Cogió fuertemente uno de los pliegues de su vestido sobrellevando de esta manera el intenso dolor.

De repente se fijó en la sangre, que corría como un río de rubíes de entre las sábanas como si una mano invisible hubiera derramado una copa de vino sobre éstas. Realmente la reina de dorados cabellos estaba asustada y si antes no se había preocupado, ahora no dejaba de pensar en que era demasiado joven para tener un hijo. Sin embargo, antes de que la desesperación se adueñara de ella por completo, la comadrona y su séquito de ayudantes entraron en el dormitorio real.

Una nueva vida estaba en camino y con ella una historia que los habitantes de Aravelia no olvidarían jamás o al menos hasta muchos eones después, cuando de las mentes de los bardos desapareciera el recuerdo de aquella hija de reyes.

 

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